miércoles, 6 de agosto de 2008

Vericuetos del temor a estar

Braulio tiene mucho miedo. Está agotado. Y si a algo sabe Braulio que debe temerle es al cansancio. Pobre Braulio! saber que el miedo que se tiene es el más justificado, que el peligro que lo acecha es el mayor, resulta tan agotador que un nuevo temblor le eriza los pelos.
No quiere cansarse; no quiere mirarse y obligarse a correr contra puertas cerradas y espejos engañosos. Irse sería ceder al cansancio, pero quedarse es perpetuarlo hasta el sueño.
Dilata las pupilas, escudriña en la oscuridad. Olisquea. La oye respirar en la habitación. Entra un ligero resplandor por el vano de la puerta de la cocina. La empuja suavemente y descubre la ventana abierta. El mundo se cuela por ella.
-Mi cansancio es aburrimiento- reflexiona Braulio. Se acerca a la ventana. Le pesan los pies, pero puede aún subir. Aventura un salto pero se le hace corto. Cae sobre las asaderas sin guardar y el ruido lo despabila un poco. También la despierta a ella en el cuarto. El salto de Braulio mejora y el alfeizar lo sostiene sin problemas.
Cecilia lo llama. Gira la cabeza y la escucha en el comedor. Piensa en bajarse. El miedo ha caído pero en el piso de la cocina lo espera el aburrimiento. Coquetea con el otro suelo, ese que resplandece de mugre ocho pisos más abajo; le lanza un maullido que también es para ella, que lo descubre de inmediato.
-Por fin te animaste a la ventana!- le dice contenta. Él se da vuelta y le dedica una sonrisa. Divertida, decide ir al living y mirarlo desde la otra ventana. Braulio ensaya una maullada despedida y salta. Una cucaracha curiosa se acerca a verlo y comprueba, como Cecilia ocho pisos más arriba, que Braulio no volverá a temer.

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