domingo, 28 de septiembre de 2008

El Primer Mosquito de la Primavera.

Se me escapó El Primer Mosquito de la Primavera.
En el lomo se llevaba, en cajas, veintisiete buenas cosas de estos tres meses; pero al esquivar la cortina se le cayeron ocho.
Las miro desparramadas en el escritorio. Abrilas vos, yo ni pienso.
Si lo hubiera aplastado, ¿habría roto las cajas?
Se me escapó El Primer Mosquito de la Primavera; siete días después de empezada, ocho cajas en el escritorio. Puto Primer Mosquito! Me vengaré matando todo el ordinal alfabeto numérico.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Rigor mortis.

El cepillo para uñas se hundió en el final de las cutículas, ahí en donde nacen los padrastros, y los arrancó en tres pasadas. Sangró, claro, pero esta sangre era suya, hemolimpiante para sus dedos satisfechos. Un éxito rotundo: el pibe salió del colegio, le dio fuego a una veterana dable, se la ganó, y a la hora, en medio del éxtasis de acabarle en la boca a esa vieja toda pintada, aulló el dolor de las uñas rojas atravesándole la pija. Le había escupido su propia leche en la cara antes de atarlo y estacarle el culo con el bate. Cuando los gritos empezaron a molestarle en vez de mojarla, le clavó el serruchito en la espalda. Siete, ocho, nueve veces. Y la pasada final, para lograr el trofeo.
Una vez terminadas las uñas, fue a la cocina y preparó mitad formol y mitad alcohol en un frasco viejo de nescafé. En la bacha el agua corría rebalsando un tacho con agua y sangre. Metió la mano recién lavada y sacó la verga de su amante. Nada mal. Hasta temía que el frasco se le hiciera chico. Arrancarla del cuerpo suponía una perdida inmediata de la erección en un torrente de sangre, pero las uñas de Mariela habían sido untadas de coagulante y el miembro del joven y vigoroso Facundo se mantenía tan firme como su adolescente y desafiante mirada se había mantenido sobre la de su victimaria unas horas antes, como ella lo había sentido adentro, como le golpeteaba la boca en le momento cúlmine.
No se decidió sobre si la metía cabeza arriba o abajo, pero pensó que podía cambiarlo cuando quisiera. Cerró el frasco y miró como se deformaba el ridículo vestigio de hombría desde el culo del envase. Cuando abrió la vitrina para guardarlo vio el pijo de Mauricio y decidió que esa noche él sería el indicado. Recordó lo bien que había deslizado la punta hacia el orto sin que ella lo pudiera detener y esa contracción de los huevos que nunca supo si se concadenaba con la eyaculación o con el rompimiento de la piel tirante bajo sus uñas.
En honor a las habilidades del cuerpo que la seguía, jugó con la pija de Mauricio por todo su cuerpo. Al acabar, volvió a guardarla, prometiéndole a Facundo que nunca lo dejaría de lado; promesa complicada de cumplir, perdido como estaba su rígido pene entre estantes llenos de frascos sin rótulos.