martes, 21 de octubre de 2008

Jubilosos, plenos de flores y colores.

Son las 11 y cuarto de la mañana y en la esquina de Cuzco y Bynnon el sol pega fuerte, contradiciendo un pronóstico de frío y lluvia que modeló peregrinos abrigados y -ahora ridículos- rompevientos. La puerta del Santuario San Cayetano de Liniers está repleta de gente y con cola para entrar a confesarse o comulgar antes de partir a la peregrinación. Afuera se suceden los grupos de peregrinos de diferentes puntos del país que se detienen al pasar por las puertas de la iglesia y anuncian su salida con altavoces.
Hay un grupo enorme con pecheras y gorras amarillas, gorras que llevan impresa la imagen de la virgen de Luján, y pecheras que indican de dónde vienen: es la delegación de Trenque-Lauquen, esos tres colectivos de larga distancia estacionados sobre Cuzco una cuadra más allá, esos más de doscientos peregrinos amarillos extasiados de fe que avanzan hasta plantarse frente a la entrada del santuario, mirando a Rivadavia.
Se concentran allí, comienzan a cantar, vivan por los altavoces, pasan música desde su carro con su imagen de la virgen y sus provisiones para la peregrinación. “¡Viva la virgen, Trenque-Lauquen!” grita Ana, la portadora del altavoz, y Trenque-Lauquen entero pareciera responder en sus más de dos centenas de representantes: “¡VIVA!”.
Entre tanto, a las 11 y media, aparece por Bynnon el camión de Crónica TV. “¡Salimos en Crónica, Trenque-Lauquen! ¡Canten todos que salimos en Crónica!” grita Ana por el altavoz con expresión de júbilo. Los amarillos peregrinos aplauden, aúllan, vivan, y se ríen de los problemas del conductor del camión de Crónica TV para estacionar. Es que el primer intento, en la mano de enfrente de la iglesia, se vio frustrado por los malos cálculos: el camión no entra entre el Polo gris topo y el contenedor de basura que está casi en la esquina. Además, alrededor del contenedor está lleno de desperdicios y se empieza a acumular gente que los revisa.
Por el rabillo del ojo veo cómo Crónica estaciona, no sin dificultades, en la mano del templo; Trenque-Lauquen y su amarillismo siguen vivando y demoran la salida para compartir el tono amarillo con la señal de TV. Todo por el rabillo del ojo, por el borde de la oreja. Mi mirada, y mi nariz, están metidas de lleno en el contenedor y sus alrededores.
De la santería San Nicolás, casi en la esquina (Cuzco 197), sale un muchacho con un cajón de plástico cargado hasta el tope de artículos del rubro del local, pide permiso a los tres o cuatro que están removiendo el contenido del container, y vacía su cajón. La gente se abalanza sobre lo recién arrojado y comienza a elegir. La escena se empieza a hacer comprensible, más aún con la sucesión de cajones y a medida que me acerco.
La santería San Nicolás ha cerrado sus puertas, y su mercadería –acopiada por años- está siendo descartada en ese contenedor que despide el olor a basura más delicioso que un curioso habitué a recolectar objetos extraños de basuras ajenas haya olido hasta hoy. Las esencias de incienso, sándalo, amor, dinero y belleza se mezclan con los sahumerios purificadores y las velas de San La Muerte, decorando con un tufillo dulzón y penetrante la zona del container.
Adentro se agolpan calendarios con imágenes cristianas, retratos de santos en placas de madera, vírgenes de porcelana con partes del cuerpo amputadas, cajas de esencias aromáticas y figuras de ritos paganos. Madera, hierro, bases de maceta en terracota y enormes cantidades de papel y cartón atraen a Julián, de 24 años, oficio: cartonero. Se acerca con su carro repleto de “desperdicios” prolijamente ordenados. Entre los hierros y el cartón, en un almohadón de funda raída, va sentada Lucía, la hija de Julián. Con sus seis años, juega con esos pedazos de todo que junta su papá, recibe retos cuando mete la mano en la lata de clavos y se ríe cuando Papá putea porque “el forro este tira vidrios como si nada”.
Félix es catamarqueño y tiene 42 años que no se le notan en la cara de indio engordado. No se le notan más ni menos: las arrugas contrastan con la gestualidad jovial, la risa fácil y abierta le invierte el 42 en 24. Él no junta “de cartón”. Selecciona estatuillas, velas, estampitas y calendarios viejos (“les arranco los años, armo un marquito para la foto y quedan”) que restaurará y venderá en otros eventos religiosos. Hoy vende escudos de fútbol y rosarios. Se define como comerciante y se ríe de mi curiosidad: “¡Rubio! es la primera vez que veo a un rubio revolviendo la basura así”.
Un pibe de unos 20 años se acerca y saca fotos con una cámara profesional.
-¿Laburás para un diario?- le pregunta Félix, -conseguile laburo a éste-, le dice señalándome. Se apresura a aclararle que no le van a aceptar esas fotos, que a “los diarios de ustedes” no les interesan estas cosas. Franco, el fotógrafo, le dice que son para él, que para el diario ya sacó.
“Los diarios de ustedes”, dijo el verborrágico Félix. Es socialista, latinoamericanista, “compañero de Hugo Chávez”, y la clase media –se sincera- le da asco. Julián se ríe, y los callados personajes de alrededor también.
-Hay excepciones-, indica Félix, -como vos, Rubio-. Su odio a la clase media se extiende a su iglesia: es ateo, pero -por demás- odia la Iglesia como institución. Ese odio, dice, no le impide acercarse a cada fiesta católica a vender: “están todos locos, se ponen todos simpáticos y movedizos, te compran cualquier verdura; yo me paro en la esquina de su casa y me sacan a patadas, hoy, acá, vendo todo. La fe mueve montañas, nomás”, se mofa y se ríe.
Jessica se enoja. Estuvo escuchándolo callada durante mucho rato, y ante la mirada desaprobadora de su tío Marcelo, decidió hacerle frente.
-No es así. Algunos curas son malos tipos, pueden robar, pero otros son buenos- dice sacudiendo enojada el pedazo de madera con ganchitos para colgar que acaba de agarrar del contenedor, -Y si vos no creés en Dios por lo menos respetá a los que creen.
Félix se ríe, y le hace notar que ella está revolviendo basura mientras el Papa está durmiendo “en su cama de oro”. Va a seguir, pero aparece un nuevo cajón, repleto de las figuras de porcelana que tanto aprecia. Jessica se burla.
-Si tan poco creés para qué te las llevás- le dice desafiante.
-Para pintarles porongas en la boca- le responde Félix. Julián y Marcelo ríen, Lucía también pero imitándolos. Jessica se pone roja de furia y estalla dos estatuillas contra el piso.
Mientras los demás se ríen, Jessica se mete cada vez más en el container. De muy abajo saca un fax viejo. Toma el tubo y pregunta por Dios, se larga a reír y Félix le festeja el chiste: están reconciliados.
De repente Franco sale corriendo con la cámara en alto. Me doy vuelta y veo la imagen de la Virgen de Luján, hermosa, plena de flores y colores, que se aleja de espaldas en el medio de la multitud. Aplauden, vivan, gritan, se contonean envueltos en fe y júbilo.
-Te la perdiste, Rubio-, se ríe Félix –por revolver basura con los negros te pasa-. Reímos, jubilosos; Jessica desarma un ramo de flores de plástico y las revolea al aire. Reímos jubilosos, y ahora plenos de flores y de colores. Jessica (nuestra virgen vestal), sus dos hijos que juegan con Lucía, Marcelo y Julián que tratan de desarmar una estructura de hierro y madera, el brillo en los ojos de Félix y yo.