Las uñas de mis meñiques se parecen a los dientes de mamá. Nada que hacerle: cada vez que los miro ella me sonríe. Por más que acerque el cortauñas y le cercene un pedazo de diente como de una patada de hermano ninja en su cama, la sonrisa y toda la cara quedan ahí. Su labio superior se esfuerza por cubrir las inmensas paletas pero mis meñiques son rebeldes y el labio sólo logra esbozar el gesto maldito, la contracción de rostro que solía seguirse de llanto (siempre una cercanía especial, en ese rostro, entre sonrisa y llanto: entre un millón de arrugas tempranas los gestos siempre eran los mismos, o será que ya se me ha borrado el resto), una boca reseca y plena de zurcos que se frunce en céltica actitud de contención emocional, mientras más arriba dos ojos enormes, redondos y de un verde tan mate que el blanco de alrededor se torna acuoso y se esconde en grises, ojos expresivos hasta el dolor propio, buscan desesperados esconderse en los tuyos. Ahí brota el llanto, la risa, el grito. En tus ojos, en tu cara. Su llanto es tuyo y su risa es sólo la que vos le das; su grito vive en vos, esperando escabullirse entre los pliegues de un labio en infinita tarea de contención y meterse en su boca para matar al labio desde adentro.
La uña se corta y el meñique es menos mamá y más yo.
Los dientes -sin embargo- se me hacen pastas, ravioles pasados y de verdura, como cuando me meto la patita del capuchón de la birome en la oreja y escarbo buscando cera: en la oreja trémula crece un escalofrío que avanza sobre la cabeza toda, aún sin terminar de explotar, contenido escalofrío que toma la otra oreja en una mínima cosquilla, se mete en mi boca y ahí, recién ahí, los dientes se contraen asustados y ansiosos, lo sienten trepar por las encías como un orgasmo de gingivitis que no termina de llegar. Un temblor que se presenta perpetuo, que se sabe momentáneamente infinito, y los dientes que dudan de su otrora enbanderada solidez cuasi-ósea. La boca se me vuelve ya una caja de ravioles y en el pecho estalla el orgasmo. Retiro el capuchón de la birome, huelo satisfecho la cera y mis dientes suspiran barnizados en el gozo que se mantendrá allí por horas.
jueves, 14 de mayo de 2009
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