Me doblo, los brazos me rodean completo y los dedos quisieran entrar a la panza para arreglarla desde adentro. Afuera Ruth se ríe, juega con tachos y agua mientras termina de limpiar las bachas y la mesada. El baño está todo limpio y mojado. Ella se enojó cuando yo entré. Me miró duro y no me dejó cerrar la puerta detrás de mí. Se me debería notar el dolor en la cara, el sudor diarreico invadiendo la frente. ¡Tan limpio que estaba todo esto! ¡Tan niña la pequeña Ruth! ¡Tanto, tanto, tanto dolor!
Ingredientes nuevos en una diarrea de gran altura: culpa, niña, puertas abiertas al comedor. Y el dolor, nunca tan intenso, de la tripa.
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