Intento relajarme, presto atención al viento. Lo siento venir, correr como una niña que veo corriendo en faldas rosas y blancas en mi mente, corriendo hacia mí, hacia la fuente, ¡el lago!, y arrojarse a la carrera, ¡desnuda! Dejo mis hombros caer hacia atrás, arqueando mi espalda, y suspiro: uufffff
¡Estoy meando! ¡Lo logré, estoy meando!
Por la calle oscura se acerca alguien. Puedo escucharlo, pero estoy de espaldas. Intento mirar hacia atrás sin dejar de mear, pero apenas cruzo su mirada se me corta el chorro. ¡Es una mujer! No importa, tengo tiempo. Me la masajeo un poco pero no hay caso, no puedo volver a mear sintiendo su mirada fija en mi codo que se menea mostrando una desesperación un poco escalofriante. Guardo y giro sobre mí. Está a tres metros. Levanto mi brazo y saludo con la mano abierta:
-Buenas noches.
-¿Estaba difícil el asunto? -responde sonriendo, su boca roja y sus dientes grandes y manchados de vieja fumadora.
Me está tirando los perros, ¡esto nunca me había pasado! Respondo rápido:
-¿Qué asunto?
-Ahí adentro -responde señalando mi bragueta sin cerrar con su dedo flaco.
Se deja caer de espaldas contra la pared, saca un cigarrillo y lo prende. Me apoyo sobre la pared pero de costado, mirándola. Parece una gallina flaca, fumando su cigarrillo fino y largo, cogoteando una tos.
-A veces siente uno como que se le secan los riñones -me larga de pronto. -, ¿no le pasa? Yo a veces lo siento, no puedo hacer pis, como que se me secan los riñones, como si cambiaran su tejido.
-¡Déjese de estupideces, por favor!
-Pero, por favor, ¿qué me dice a mí? -me enfrenta con la mirada -Si yo lo vi, lo vi en sus ojos cuando me miró.
-¿Qué es lo que vió? ¡Estaba meando, sí!
-¡No! ¡Justamente! ¡No estaba meando, se le cortó el chorro!
-¡Pero qué dice, mujer!
-No se haga el estúpido, sabe muy bien de qué le estoy hablando. Y no tenga vergüenza, creo que nos pasa a todos. O por lo menos hoy por hoy no debe haber muchos a los que nos les pase. No sé si ha sido la comida, algo ha salido mal. Tal vez las horas conteniéndonos en la escuela. O mucho más las veces que no nos hemos contenido. Ya ni siquiera podemos mear tranquilos en nuestras casas, y sólo los vagabundos pueden hacerlo sin pudor en la calle. Estamos condenados, tenemos la mirada encima. Usted por lo menos es hombre, yo tengo que agacharme, o abrirme de piernas si no llevo ropa interior.
Cuando la miro me doy cuenta de que está parada frente a mí, firme, con las piernas abiertas. Tiene un vestido negro corto y campera de cuero de fantasía negro, coronada con un cuello de lana que imita una piel. Habla fuerte y pita el pucho con bronca.
-¡Malditos! -grita. -¡Déjenme en paz! ¡Déjenme mear!
Alza su puño al cielo y me arenga a gritar:
-¡Malditos! ¡Déjennos mear!
-Esto es una locura -le digo, quiero que pare pero ya no puedo parar yo.
Enlazamos nuestras manos apuntando al cielo negro con los índices apretados yema contra yema, componiendo un arma. Aprieto su cintura y le busco la boca, ¡la quiero besar! Suelta mi mano y me empuja al mismo tiempo que da un paso atrás con la rodilla en alto, como marchando. Me mira fijo, abre sus piernas y mete su mano por debajo del vestido.
-O nos corremos la tanga... -dice con una voz suave, -... y dejamos que fluya...
Un chorro dorado cae entre sus piernas y yo siento que me derramo.
