No importan demasiado las razones, pero para los fanáticos podemos aclarar que lo hizo por una pelea con su padre. Esto entraría dentro del tipo "razones psicológicas", y es importante resaltar el tipo de razón antes que La razón porque aún para los fanáticos de encontrar las razones de los actos, aquí no se puede ser determinista, hay que poder ampliar un poco la mirada, darle lugar a la indeterminación y saber que no vamos a poder conectar directamente un acto con una razón. ¿Cómo se explica lo que aquí vamos a contar? ¿Cómo se explica la génesis de un apodo, cómo se explica un amor por un pedazo de hierro que es lo único que te permite vivir, cómo se explica que un tipo un día se hace famoso porque queriendo dejar de pensar se sube a su moto y recorre la distancia que separa Barracas del Aeroparque en tan sólo siete minutos? No hace falta explicarlo, alcanza con contarlo: se explica en sí mismo.
Motoneta tenía entonces catorce años, y no era aún Motoneta. Era Juan, el hijo de Osvaldo, que había largado la escuela antes de terminar sexto grado y había rechazado quedarse laburando con su viejo porque sabía que era un cabrón y que tenerlo todo el día mandoneándolo sólo acelerearía lo que antes o después finalmente iba a suceder: Juan se iba a pelear con su padre y se iba a ir de la casa. Pero ya a los doce años Juan tenía claro su objetivo y no podía permitirse perder el techo tan rápido. Así que habló con el Checho, vecino de la cuadra, y se fue a trabajar con él al taller. Al año ya era un experto en motos y se había armado una para él: era bastante fea, pero todos en el taller reconocían que era increíble que hubiera sacado esa máquina de un motor 80cc de un ciclomotor que estaba tirado en el patio esperando que lo tragaran las babas del gomero. Juan había mangueado el caño, había laburado de noche soldando y puliendo la estructura, y había montado el motor sin gastar un peso. Nunca quiso explicarle a nadie cuál había sido su secreto para potenciar el motor. Cuando tuviera su taller propio vendrían de todos los barrios a traerle motos para potenciar. Y él cobraría lo que quisiera, emplearía a quien quisiera y tendría todas las motos que quisiera.
A partir de ese momento Juan se convirtió en "el Mago Motoneta". Como nadie podía entender qué era lo que había hecho con ese viejo motor 80cc con el que ganaba todas las carreras que hacían de noche en la Av. Vélez Sarfield bien cerquita del Riachuelo, como el mismo guardaba el secreto como el mítico ilusionista Gastón D'Anviers, el barrio tomó el atajo y lo calificó de magia. Cuando cumplió los 13 pasó lo que tenía que pasar: apareció el Cuki Ferreyra y con la plata del ascenso a sargento le compró la 80cc. Ese fue el principio de una carrera sostenida de máquina en máquina. Con la plata del Cuki se compró una Yamaha que estaba clavada en el taller porque el dueño no había llegado nunca a juntar la plata del arreglo. La levantó, la potenció, ganó carreras y la vendió haciendo una buena diferencia. Hizo un par de operaciones parecidas y saltó a su primera Honda, una motocross de la que le costó muchísimo desprenderse.
El Mago era un pibe menudito, flaco y si bien no muy petizo para su edad, sí para los ámbitos que frecuentaba. Con su metro sesenta y cinco y sus cincuenta y dos kilos, montado sobre la cross era como un jockey en un potro extraño y asombrosamente veloz. La moto era una cosa rarísima: una XR 350, una maravilla que sólo se fabricó entre 1983 y 1985 y que el Mago le compró a un mendocino recién llegado a Capital, que necesitaba el billete y había oído hablar ya en Mendoza de este muchachito de oro que hacía magia con las máquinas de dos ruedas. No se la habría vendido a cualquiera, el menduca; si al Mago le costó desprenderse de ella, para este tipo que se había venido desde Mendoza en ella, que había corrido y ganado infinitas carreras en los agrestres circuitos mendocinos, y que ahora la tenía que soltar y dejar ir en medio del asfalto y la mugre porteñas, el mejor consuelo era vendérsela a este fenómeno del que tanto había escuchado hablar. Lo ubicó en el taller, pero el Mago le dijo que se pasara por las carreras: la quería probar en donde se ven los pingos. Dos noches después apareció el menduca en la esquina de California y Velez Sarfield con esa joyita extraña, roja ochentas con guardabarros amarillos y una luz chiquita y rectangular en plástico azul que le daba una apariencia infantil, medio boluda. Los pibes la miraron y lo trataron de mentiroso: la XR era o chica (50, 70, 80 o 100cc) o 600; a lo sumo podría haber llegado con una 400 que como buen mendocino hubiera traído de Chile, importada desde Japón. Pero al Mago no le importaban los catálogos. La máquina estaba en perfecto estado, y ese rojo y ese amarillo eran originales de acá a Japón, no cabía dudas de que era un modelo que desconocían, y sólo era cuestión de probarla. En ese momento él montaba una Yamaha de las primeras 250 que entraban al país. La estaba haciendo desear a varios, esperando una oferta importante mientras disfrutaba comiéndose la cancha cada noche. Había juntado buena plata y no estaba urgido, aunque sabía que si seguía sin venderla se acostumbraría y se empezaría a poner fanfarrón. Como no quería quedar como un boludo, estaba esperando el momento para cambiarla. Desafió al menduca a una carrera de 400mts. El otro se negó un par de veces, acusando que no era su terreno, que él corría en montaña y ahí en el asfalto no tenía sentido. Pero el Mago fue claro: o corrés, o te metés la moto en el orto, le dijo.
Fue una carrera hermosa, para los que la vieron y para los que la corrieron. El Mago solía probar las motos en la cancha, pero siempre corriéndolas él mismo. No tenía idea de por qué esta vez había querido hacerlo así, pero se lo notaba seguro y confiado. Salieron juntísimos y no se despegaron un milímetro. El Mago iba con la vista clavada en la XR. Miraba saltar los cambios, miraba bajar la amortiguación, miraba la masa rodando al palo, miraba todo junto y nadie sabía qué carajo era lo que miraba. El menduca pensó que estaba loco, pero él miró todo el tiempo adelante. Seguían acelerando, pasando los 80 km/h, los 100, los 120, y el Mago sin casco y con la vista clava en la XR. Lo que el menduca no sabía era que el Mago tenía la pista adentro, que no necesitaba mirar, y que si iban pegados sin separarse un milímetro era sólo porque él estaba regulando su velocidad para ir a la par. El menduca quiso meter un sprint final y se despegó. El Mago sonrió maravillado mientras lo seguía con la cabeza: esa moto iba a ser suya. Aceleró, lo pasó y le comió dos metros antes de la llegada. Los pibes estaban eufóricos. El menduca le rogó que fuera él, que no quería vendérsela a nadie más, que sólo él en su locura podía entender esa joya. Hicieron un trato justo, y dos noches después el Mago corría con la XR.
El de la XR fue un amor de nuevo tipo para el Mago. Con ella no se animaba a meter mano tan fácil. La respetaba, le respetaba su integridad, su forma, su coherencia. Fue con la primera moto que se puso a estudiar. No conseguía manuales de despiece en español. Lo único que consiguió fue una infografía desplegable en japonés que leyó con la ayuda de un cliente del taller, el Japo Kurosawa, que tenía una tintorería en Congreso y cada tanto llevaba al taller su impecable camionetita Mitsubishi tipo pan lactal para que lo ayudaran con un cambio de cilindros o alguna pavada por el estilo que siempre quedaba reservada al Mago, que se maravillaba con esa camioneta que llevaba un motor casi de moto, pequeño, de 500cc, guardado debajo del asiento delantero. Con esa infografía empezó a meter mano. Lo que más trabajo le costó regular fue la amortiguación. Era una clave para potenciar la velocidad y aceleración de una moto cross, pero el Mago estaba acostumbrado a motos casi invertebradas, y este bicho tenía un segmento trasero como de escorpión, además de que los amortiguadores delanteros eran el doble de largos y mucho más complejos que cualquiera que hubiera tocado antes. De a poco se fue soltando, y con el mismo respeto y el mismo amor empezó a tocar el motor. En la casa estaban preocupados. En los últimos meses Juan nunca estaba para cenar, y muchas veces no volvía del taller y se iba directo a las carreras. Pero desde que había logrado traducir la infografía, a veces se pasaba tarde y noche estudiándola, haciendo diagramas, tomando notas, y salía de improviso a las 5 de la mañana para el taller a aplicar todo lo que había estado craneando. En la cancha también estaban asombrados. Parecía que disfrutaba más pasar el tiempo con la moto que corriendo. Y sin embargo, ahora que no aparecía todas las noches, cada vez que aparecía era una fiesta. Primero porque todos disfrutaban de verlo y hablar con él de sus motos; varios preparaban sus máquinas sólo pensando en correr contra él. Pero también eran festejos sus apariciones porque cada nueva carrera bajaba más aún los tiempos. Era una maravilla. Nadie entendía qué estaba haciendo con esa moto, pero cada nueva noche volaba más veloz.
Un día cayó un mejicano con una Honda XR 600. Había estado yendo, hablando poco, escuchando mucho. Parecía buen tipo. Decía tener una moto muy linda, pero quería conocer la movida antes y saber si le daba para correr. Cuando llegó con la 600 nadie lo podía creer. Corrió y ganó ocho noches seguidas. Al Mago le llegaron los comentarios. Un mejicano se está comiendo la cancha. Tiene una como la tuya pero el doble de potencia. Nos está haciendo quedar como giles. La tribuna lo pedía y el Mago no podía defraudar. Se dio una vuelta y habló con el mejicano, que estaba encantado de conocerlo. No, contra ti no me animo, le dijo el mejicano. El Mago le explicó entonces que no había nada que temer, y que si quería seguir corriendo en la cancha debía correr contra cualquiera, y él era tan cualquiera como cualquiera. Quedaron para dos noches después. La carrera fue fácil. A los cincuenta metros el Mago se dio cuenta que el mejicano no sabía correr. Le sacó unos cien metros con 150cc menos de cilindrada, y aún así el mejicano estaba feliz. Se sacó el casco riéndose, y se acercó al Mago, que aún no se bajaba de la moto. Lo felicitó, le dijo que había sido un placer correr contra él y su máquina, y le tiró adelante de todos el verdadero desafío de la noche: quería comprarle la XR, ofrecía su XR 600 y 40000 pesos. El murmullo de los pibes fue inmediato. Al Mago se le borró la satisfacción de la cara. Los latidos del corazón lo aturdieron, tapándole el murmullo de alrededor, y cayó hacia atrás. Despertó con la sonrisa del mejicano flotando en el aire y poco a poco fue apareciendo la cara entera, llena de esa grosera alegría, el círculo que los pibes habían formado a su alrededor, y su moto, fiel, a un costado. Se incorporó, dijo que lo iba a pensar, se subió a la moto y se fue dejándolo todo atrás. El corazón seguía latiéndole fuerte, pero cuando puso tercera dejó de pensar.
Al otro día fue a trabajar como si nada. Estaba decidido a no pensarlo. El mejicano estaba loco, o bien deliraba o lo estaba delirando a él. Por más que intentó aplicarse, cometió varios errores groseros y hacia el mediodía el Checho lo llamó aparte y le dijo que se tomara el día. No quiero, le respondió el Mago. No me importa, lo que pasó anoche no es moco, tenés que tomar una decisión. Salió y se fumó un cigarro en la vereda. Era mucha plata. Con los 40000 y otros 20000 que le podía sacar a la 600 podía mudarse solo... o quizás hasta ponerse un taller. Pero, ¿qué sentido tenía todo esto si él cumpliría 14 años al otro día? ¿A dónde lo había llevado esta pasión, qué clase de opciones eran esas para un pibe de 14 años? ¿No era lo que siempre había querido? ¿Qué carajo estaba pasando?
Se fue a su casa y durmió hasta el otro día. Cumplía catorce años, pero no quería salir de la cama. Al mediodía entró su madre al cuarto y le preguntó si estaba bien. Sí, pero no quiero ir a trabajar, le dijo él. Está bien, hablé con el Checho y dijo que te tomes y el día y todos los que necesites, le respondió ella cariñosamente. Lo miraba raro, enternecida, con la misma cara que tenía el día que fueron al sanatorio a ver a la bebé de su primo Ariel. ¿Qué pasa, mamá?. Nada. Tu papá no fue a trabajar tampoco, quiere hablar con vos. Maldito barrio, pensó el Mago, todo lo sabe, todo lo ve. Se levantó, se vistió, y caminó perezoso hasta el comedor, donde su papá miraba televisión. Su madre, parada en el pasillo, lo siguió con esa mirada angelical. El padre lo saludó y lo felicitó por su cumpleaños. Sentáte, le dijo, quiero hablar con vos. ¿Qué es esa historia del mejicano ese? Me quiere comprar la moto, se limitó a decir Juan. Ya sé, te ofreció cuarenta lucas. Y una XR 600, acotó Juan. ¿Y qué? No sé. ¿Qué no sabés, qué carajo te pasa, Juan? Lo tengo que pensar. ¿Pensar? ¿Vos sabés cómo me rompo el culo cada día por dos mil pesos de mierda al mes? ¿Y vos lo tenés que pensar? ¿Qué mierda te pasa, Juan? ¡Es una moto, no una mina! No entendés nada, papá, estás diciendo estupideces. Y ahí el padre estalló: Mirá pendejo, hace catorce años que te cuido y que vivís gracias a mí; si vas a seguir viviendo en mi casa me vas a respetar y obedecer. ¡Vendés esa moto y te dejás de romper las pelotas! Juan amagó con meterse en el cuarto de nuevo pero el padre lo siguió, lo agarró del hombro y lo encerró contra la pared trabándole el cuello con el antebrazo. La madre lloraba y gritaba, histérica. Juan miro al padre con asco, desafiante: dale, pegá, le dijo, pegáme así nos acordamos todos los cumpleaños. Nunca había visto a su padre así. El viejo lo miró con una furia que le ardió en el fondo del cráneo y le ahuecó el corazón: no hace falta pegarte, si no vendés la moto no te gastes en volver. Lo soltó y salió furioso de la casa. Juan salió detrás de él. Agarró la moto y aceleró. Aceleró y aceleró y se dio cuenta de pronto que había dejado de llorar, sólo que nunca se había dado cuenta de que había empezado. Siguió acelerando más y más, sintiendo el motor vibrar entre sus piernas, elástico en cada cambio, en cada rebaje con los que se fue acomodando entre los autos. Los conductores lo miraban fascinados, algunos le abrían paso, otros lo trataban de encerrar para sonreir luego cuando los pasaba. Él no miraba atrás, apenas hacia los costados, siempre adelante. La suya era una visión periférica perfecta. Identificaba doscientos metros antes el resquicio por donde pasaría en menos de veinte segundos, y se lanzaba suelto y solo hacia allí. Todos se movía a su alrededor, todo fluía pero el fluía más rápido aún. Era como un canal rápido serpenteando en el torrente de la Avenida Entre Ríos. Pronto cruzó delante del Congreso y supo más o menos hacia dónde iba. Siguió acelerando y sintiendo esa plasticidad metálica entre sus rodillas que apretaban y dilataban con el motor, con la calle y con el tránsito que fluía sólo para él, con él. Él y la XR eran una sola cosa con la avenida y con todos los conductores, ineptos y expertos, con los peatones, los ciclistas y los demás motociclistas. Apenas reconocía colores, todo fluía celeste y plateado, todo pasaba veloz y no había nada más que hacer que estar allí moviéndose. Llegó a Libertador sin parar en un solo semáforo. Tomó Figueroa Alcorta y se dirigió hacia el río. Paró frente al aeropuerto y miró el reloj. Siete minutos. Había tardado sólo siete minutos.
Bajó de la moto, cruzó la Costanera y metió una ficha en unos de los teléfonos públicos de la entrada de Aeroparque. Preguntó por el mejicano. ¿Quién le habla?, preguntó una joven voz de mujer. "El Loco Motoneta", respondió. El mejicano se puso al teléfono. "Es tuya", le dijo. Cortó y llamó a su madre. Lloraba y tuvo que calmarla con palabras dulces antes de decirle lo que ya ambos sabían: "No voy a volver".
miércoles, 24 de junio de 2015
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