Viviana Ayilef
En algún lugar de esta historia, el cuerpo inerte de una mujer flota a la deriva sobre un pedazo de madera a miles de kilómetros de la costa en el océano Pacífico. No nos olvidemos de ella. Su derrotero de regreso al continente nos traerá noticias sobre lo lábil de lo que llamamos estar vivos. Pero en este momento de la historia las aguas están adentro, y pujan por salir.
Es otoño, el pueblo se cubre de belleza y caída. En la greda mojada de la calle se reflejan luces suaves. El aire, nido de agua, es frío y envuelve tus pasos que crujen lentos. Hay voluntad de inmersión en el remanso del día. Hacia adentro fluyen las aguas y todo crece como en un mar interior. ¿Sentís las ballenas? Sus voces ralentizadas, un eco, un llamado a miles de kilómetros.
La mujer, ¿despertará? Aún no importa. La tarde es uterina. El tiempo, un deseo.
Silencio.
Escuchen. El agua está hablando otra vez.
